Un texto de Alejo Carpentier de 1925 sobre Richard Wagner
Con motivo de los 200 años del nacimiento de Richard Wagner la Fundación Alejo Carpentier ha puesto a disposición en su web www.fundacioncarpentier.cult.cu tres textos del genial escritor cubano sobre el músico alemán.
Una caricatura, muy en boga a mediados del siglo pasado y de una gracia indiscutible, pintaba mejor que cualquier comentario el estado de ánimo del público ante la revelación de las primeras concepciones verdaderamente wagnerianas. El dibujo representaba a un espectador entrando en un palco de la Ópera de París durante la representación del Tannhauser. El acomodador, lleno de amabilidad le advertía: –“Puede dormir aquí si le place. Lo que le está prohibido es roncar pues no debe usted estorbar el sueño del espectador que se halla en el palco de al lado”…
Si la carrera artística de Ricardo Wagner tuvo, en sus últimos años, momentos gloriosos, ninguna obra fue más discutida, más cruelmente atacada que la suya. Podría escribirse un libro sobre los artículos, caricaturas, parodias múltiples, provocadas por sus concepciones enormes. Ser wagneriano, en un momento, fue un indicio inconfundible de aristocracia espiritual. No había arte más avanzado entonces, ni estética tan revolucionaria: o se estaba con las mentalidades de vanguardia, representadas por Baudelaire, Peladan, Villiers de L’Isle-Adam y muchos otros, o se seguía dócilmente las opiniones de una prensa burguesa, representante de toda la espesa masa del público, que no hallaba palabras con que vituperar al “loco bávaro”, “mono hábil”, “escapado de manicomio”, “Heliogábalo de la música” y “compositor que llegaba a los límites del delirio”, (por una curiosa casualidad, el último calificativo fue aplicado por última vez a Stravinsky, hace doce años).
Pero ninguna creación del maestro de Bayreuth levantó tal tempestad de oposiciones como La Walkiria. Esto se debió sin duda, a que es una de las más completas representaciones del arte wagneriano, donde este se muestra con todas sus aplastantes cualidades y también sus enormes defectos, que resaltan en la audición íntegra de la partitura.
Hacía mucho tiempo que Wagner estaba preocupado por la idea de llevar a la escena el ciclo de los mitos heroicos germanos. En 1848 había escrito ya un trabajo en prosa acerca del “Mito de los Nibelungos como proyecto de drama”, que dejaba vislumbrar algo de sus actividades futuras.
En Mi vida el compositor confiesa que anteriormente aun se vio atraído por los viejos cantares de gesta del norte “y la conciencia que tenía de la original belleza de ese viejo mundo legendario se hizo de pronto bastante neta para que pudiera revestir de forma plástica mis concepciones venideras”. A medida que pasaban los meses, la obra tomaba proporciones mayores. Cuando Wagner se hallo ante el plano de la Tetralogía, y tuvo la sensación de la enormidad de sus poemas, esbozó este programa gigantesco que comunicó a uno de sus amigos: “No puedo pensar en su ejecución de otro modo que en condiciones absolutamente especiales; construiré un teatro a la orilla del Rin y enviaré invitaciones para un festival dramático. Después de un año de preparativos produciré mi obra en una serie de cuatro jornadas”.
Alentado por la belleza de este proyecto, el compositor comenzó a trabajar febrilmente en sus partituras, de las cuales quedaron concluidas, con rapidez relativa, El oro del Rin y sobre todo La Walkiria.
En 1870, en Múnich, ante Luis de Baviera, tuvo lugar la primera representación oficial de la segunda jornada de la Tetralogía, y desde este momento comenzó la hostilidad: el público en general se mostró frío y más de un murmullo de descontento se dejó oír. Solamente seis años más tarde La Walkiria pudo representarse como soñaba Wagner, es decir, en el primer ciclo de Bayreuth, después de un año de ensayos. Casi todos los espíritus de vanguardia de Europa se hallaban esa noche en el teatro.
Después de esto la obra comenzó a representarse en las principales ciudades alemanas y en Viena, despertando tempestades de oposiciones y ganando cada día nuevos prosélitos. Mientras tanto, en París, los músicos preparaban lentamente los ánimos para recibirla. La víspera del estreno de La Walkiria en la Ópera, el poeta Catulle Mendes dio una conferencia sobre ella, y fragmentos de la partitura fueron ejecutados a dos pianos por Raúl Pugno y Claudio Debussy. La nueva creación no fue recibida sin protestas; las escenas provocadas por el Tannhauser estuvieron a punto de repetirse pero después de algunas representaciones se restableció la tranquilidad.
Mientras tanto, un alud de opiniones y censuras enriquecía los archivos del “caso Wagner”. Nunca se fue tan duro con un compositor. En Alemania algunos críticos llegaron al insulto. Se le trató de plagiario de Berlioz, de Mendelssohn y hasta de Offenbach. Fue calificado de “charlatán sin pudor”, de “vándalo”. Dos de sus compatriotas emitieron estos juicios definitivos: “Pocas veces hemos visto un compositor con tan pocas ideas”; “La audición de las obras wagnerianas equivale a los trabajos forzados”.
Más tarde, un periodista francés declaró que “el público tenía razón de alzarse contra la tiranía de unos farsantes que querían imponerle los cacofónicos chirridos, maullidos, chillidos y mugidos que forman las obras del señor Wagner, un pedante de la peor especie”.
La “Cabalgata de las Walkirias” pareció a algunos espíritus pintorescos una polka o un cotillón. Algunos sujetos declaraban insoportables “esas cuadras mitológicas”, deseando conocer las memorias de ese “caballo de alquiler” que era Grane, el corcel de Brunilda.
Una revista festiva de Berlín publicó una caricatura no desprovista de gracia, en que un director de teatro exclamaba desconsolado: –“Ninguna de nuestras cantantes pesa menos de cien kilogramos, por lo tanto no podemos representar “otra cosa que dramas wagnerianos”.
Las parodias tomaron cada día más importancia. Ya no se trataba de meros artículos o poesías satíricas. Operetas enteras, humoradas escénicas como La pequeña Walkiria o el sable de mi padre de Lecocq, fueron escritas para burlarse aparentemente de la obra, pero, en el fondo, para explotar un público animado por las más encontradas opiniones.
La última vez que La Walkiria volvió a la palestra fue durante la guerra europea a causa de una antipática campaña antiwagneriana emprendida por Saint-Saens, con una lamentable pobreza de espíritu… Se sabe sin embargo que el autor de La danza macabra se sintió impresionado por las cartas duras que le enviaron algunos soldados desde las trincheras cuyo contenido estaba sintetizado casi siempre en esta exclamación: “¡Viva Wagner a pesar de todo!”…
Publicado en El País, el 6 de agosto de 1925